Todo me golpea en la herida

¿Por qué todo me golpea en la herida?

Seguro que han tenido alguna vez una herida y han tenido la sensación de que todo les golpea en ella.

No se trata de la Ley de Murphy ni de la (mala) suerte. En realidad es algo menos misterioso y sencillo, aunque debido a un sistema muy complejo:

Nuestro sistema nervioso.

Como he comentado muchas veces, la propiocepción es un sentido que nos permite saber dónde estamos en el espacio. También en qué posición y dónde está cada parte de nuestro cuerpo.

Esto es posible porque tenemos miles de receptores (distintos receptores en distintas capas de la piel, en los músculos, los tendones, las fascias, el cartílago…) que nos mandan constantemente todo tipo de información (frío, calor, presión, acidez, torsión, estiramiento…) desde todos los tejidos y partes del cuerpo.

A este sentido hay que sumarle los sentidos típicos (vista, oído, tacto, olfato, y gusto) y más sentidos que tenemos, por ejemplo, para sentir lo que ocurre dentro de nuestro cuerpo (sentir nuestras vísceras) o para orientarnos en el espacio y equilibrarnos, como el sistema vestibular.

Nuestro cerebro procesa toda esa información

Toda esta información llega constantemente y nuestro cerebro la procesa sin que seamos conscientes de ello.

Piensen en la cantidad de información de la que estamos hablando. Si fuéramos conscientes de toda esta información y del procesamiento que hacemos con ella, nos volveríamos locos.

Para evitar esa sobrecarga de información, nuestro cerebro tiene una herramienta muy potente:

La inhibición.

Por un lado, nuestro cerebro irá procesando toda la información que le llega (nunca se sabe la que puede hacer falta, así que se procesa toda), pero no nos deja ser conscientes de toda, sólo de aquella que es más relevante para nuestra supervivencia o para la tarea que estamos realizando en ese momento.

NOTA: Efecto fiesta de cóctel

En psicología se ha visto esta atención selectiva en el llamado «efecto de la fiesta de cóctel», en el que podemos ver como, en una fiesta llena de gente y ruido, si alguien dice nuestro nombre al otro lado de la habitación, lo oiremos.
A pesar de no haber estado prestando atención a esa conversación, oiremos decir nuestro nombre y nos giraremos a ver quién habla de nosotros.
Esto es porque nuestro cerebro no ha dejado de recibir y procesar toda la información, pero decide qué es relevante y que no, antes de hacernos conscientes de dicha información.

Esto se hace mediante señales que inhiben la actividad de determinadas conexiones neuronales y evitan que cierta información llegue al área de nuestra consciencia.

 

Filtros y volumen

Podríamos verlo como unos filtros que pone el cerebro para que sólo pase cierta información.

También podríamos verlos como un regulador de volumen. Es decir, hay señales que no se eliminan/inhiben/ignoran del todo, simplemente se reduce la intensidad de la señal que llega.

Volumen

Regulador de volumen o intensidad

Esto es algo que hacemos constantemente con las señales nociceptivas.

 

Antes se decía que la señal «nociceptiva» era la señal de «dolor». Pero ahora sabemos que el dolor es una señal que sale desde el cerebro, no desde el tejido.

Entendiendo el dolor

Lo que sabemos ahora de la señal «nociceptiva» es que es una señal que llega desde algún tejido sometido a un estrés mayor de lo normal y que pueda ser peligroso.
Esto puede ser un golpe, una rotura de tejido, una quemadura, tocar algo muy caliente, inflamación, excesiva tensión (demasiado intensa o durante demasiado tiempo) en un músculo, etc.

Estas señales son posiblemente las más relevantes para nuestra supervivencia y solemos estar muy pendientes de ellas. Por ejemplo, nos ayudan a aprender el límite de nuestro cuerpo (cuando nos chocamos con cosas), qué cosas son peligrosas (como el fuego, una aguja, etc) y cuando hay algo en nuestro cuerpo que necesita atención (un hueso, tendón o ligamento roto).

Pero a veces no interesan o nos indican situaciones que no son peligrosas, así que reducimos la intensidad de la señal o las ignoramos.

De hecho, si se sientan un rato en el suelo, al rato, notarán una gran incomodidad y unas ganas enormes de cambiar la posición.

La incomodidad no es más que la señal nociceptiva de los tejidos que estamos aplastando y las ganas de movernos, la estrategia de nuestro cerebro para responder a esa señal.

Pero si estamos sentados en la silla del colegio o muy atentos a una película, es posible que ignoremos esa señal (por obligación y aprendizaje en un caso y por estar muy centrados en otra cosa, en el otro) o bajemos el volumen de la señal.

¿Qué tiene que ver todo esto con nuestra herida?

Pues todo. Porque, seamos conscientes o no, nos estamos chocando con gente y objetos, todos los días, durante todo el día.

Pero lo ignoramos, porque son roces y golpes leves que no son relevantes para nuestra supervivencia, ni para lo que estemos haciendo en ese momento.

Pero cuando tenemos una herida… Ahí la cosa cambia. Ahí sí es relevante para nuestra supervivencia saber lo que le pasa al área afectada.

Así que quitamos los filtros y subimos el volumen.

Por decirlo de otra forma, nos volvemos «hipervigilantes» de lo que pase en esa parte del cuerpo. Amplificamos la señal y estamos pendientes de cualquier cosa que se detecte.

Esta es la razón de que nos parezca que a todo el mundo le ha dado por «darnos en la herida», justo ese día.

¿Cómo aplica esto a las lesiones y dolores crónicos?

Pues de la misma manera. Una lesión viene a ser lo mismo (normalmente supone un mayor riesgo, lo que equivale a mayor necesidad de estar pendientes) que una herida.

Así que quitaremos los filtros y subiremos el volumen a las señales de toda la zona (de la piel, del tendón, del músculo, de la fascia, etc). Por lo que notaremos (de forma consciente) sensaciones que no notamos en otra zona lesionada.

Es decir, para una señal idéntica (por ejemplo de estiramiento de la piel o tensión en un músculo) en una rodilla lesionada y una rodilla sin lesionar, percibiremos mayor intensidad (y peligrosidad) de las señales de la rodilla lesionada.

Esto se juntará con otras evaluaciones en el cerebro (percepción de fragilidad, miedo al dolor, miedo a la pérdida de función, mensajes de personas de nuestro entorno, del médico, etc) y esa misma señal se puede transformar en dolor.

Entendiendo el dolor II

Si esto pasa durante mucho tiempo (como el caso de los dolores crónicos), tenemos una situación en la que (aun teniendo ya los tejidos recuperados) mantenemos la hipervigilancia y el volumen a tope. Por si acaso ☹️

Por eso es muy común que movimientos, que no nos causan daño alguno, en una zona del cuerpo en la que tenemos dolor crónico o que hemos tenido alguna lesión, se manifiesten como algo doloroso.

Entender los mecanismos del dolor y todas estas señales es el primer paso para tomar control de todo este proceso. Y revertirlo.

El objetivo en estos casos será «normalizar» las señales que lleguen de esa región. Mejorar las señales que llegan y demostrarle a nuestro cerebro que nos podemos mover sin peligro.

Para que vaya bajando el volumen y volviendo a poner los filtros necesarios.

¿Cómo bajar el volumen?

Para «bajar el volumen» y volver a poner los filtros, en el caso de los dolores crónicos, hay que empezar por entender los mecanismos del dolor. Para ello, pueden revisar lo que comento aquí y en los artículos sobre el dolor que enlazo más arriba.

Para profundizar sobre el tema recomendaría dos libros:

El segundo, aunque esté orientado a la migraña, habla de los mecanismos del dolor en general y es de lo mejor que he leído en español sobre este tema.

Para «normalizar» las señales debemos (después de tener claros los mecanismos del dolor y de asegurarnos de que ya está curado el tejido) tener mucha paciencia y demostrarle a nuestro cerebro que la zona ya no está en peligro.

Y la mejor manera es con el movimiento. Mover la zona de forma despacio y controlada va a reducir mucho la percepción de peligro y nos permitirá parar cuando queramos.

Es importante crear nuevas experiencias no dolorosas, para convencer a nuestro cerebro de que ya no hay peligro.

 

Es mejor empezar a mover una zona cercana, pero no la afectada, e ir avanzando.

Veamos un ejemplo

Por ejemplo, si nos duele el tobillo en una posición, mover los dedos de los pies y mover el pie en todas aquellas posiciones en las que no duele.
Esto mejorará la propiocepción de la zona e irá preparando el terreno para ir acercándonos a la posición dolorosa.

Luego podríamos movernos en esa posición, pero sin peso, sin apoyarnos. Cuando ya podamos movernos así sin dolor, podemos empezar a ofrecer una resistencia con la mano o una banda. Más tarde apoyar el pie, pero estando sentados. Para después apoyarnos de pie, pero poniendo más peso en la otra pierna. Y progresivamente pasando más peso a esa pierna.

Todo ese movimiento y proceso mejorará la información que llega desde esa zona, mejorando la percepción que tiene nuestro cerebro de ella.
Además, los tejidos de la zona se irán fortaleciendo y le daremos motivos de peso a nuestro sistema nervioso para confiar en que podemos apoyar el pie.

NOTA: Esto es solo un ejemplo y hablamos de cuando es un dolor crónico y ya no existe daño en los tejidos.

En resumen, lo importante es:

  • Asegurarnos de que los tejidos ya están bien.
  • Creérnoslo.
  • Dejar de pensar que somos frágiles.
  • Creernos que el hecho de que tengamos dolor no implica que siga habiendo daño físico.
  • Mover mucho la zona.
  • Acariciar, masajear y estimular todo lo posible la zona (para aumentar y mejorar las señales propioceptivas).
  • Crear experiencias de movimientos sin dolor. Moviendo de forma controlada, despacio y progresiva.
  • Fortalecer esa parte del cuerpo.
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2 comentarios

  1. Hola Juande!

    Como siempre tus artículos son muy interesantes y necesarios. Quería comunicarte por aquí, que en caso de que hicieras algún día un taller por Asturias, y si es en Gijón mejor aún, lo pudieras comentar en tu pagina web, aquí mismo, ya que en mi caso no tengo redes sociales. Sería un regalazo para mí y otras personas poder asistir a uno de ellos.
    Ya me he comprado y leido el libro, Mueve tu ADN de Katy Bowman, fantástico!….. Me obligo a cepillarme los dientes todos los días en cuclillas, una forma de no olvidarme de hacerla 😉

    Un saludo.

    • Hola, Chema.

      Muchas gracias,me alegro de que te guste y,sobre todo, de que te sirva.
      Precisamente casi sale un taller en Gijón hace poco. Pero no pudo ser. A ver si sale más adelante.
      Seguiré tu consejo y lo compartiré por aquí o por el boletín de noticias, para que llegue a quienes no tienen redes sociales.

      Un saludo.

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